jueves, 8 de mayo de 2008

Cuentan...

... que una chica que no creía en los mundos de la fantasía, emprendió una búsqueda con su mochililla cargada a su espalda, buscando ese algo que le hiciera soñar.. Y se puso a andaaaaaaaar, y andaaaaaaaaaaar, recorriendo todo tipo de sendas, bosques, caminos más o menos agradables, pero ella seguía en su mundo gris de lo real.

Dicen que esta chica, llegó una noche, creeeeo, que era miércoles. A eso de las 9 de la noche, llegó a un pequeño pueblito de pescadores, Malacca era su nombre. La llegada a ese pueblo, fue misteriosa, porque no había nadie por las calles, tooodo estaba oscuro y tan solo una casita mostraba por sus ventanas siluetas de personas como alrededor de un foco de luz que más bien se podría tratar de unas velas. La chica, como estaba taaaan cansada y tan oscuro el lugar, decidió echarse en un parquecito y dormir. Ya mañana sería otro día e investigaría las calles del pueblito.

A la mañana siguiente, dicen que cuando abrió los ojos, lo que vio fue muuuchas personas de una lado para otro, todos agradables y sonrientes, era como si todos estuvieran marcados por una magia especial. Ella se puso en pie, recogió sus cositas, y decidió emprender un paseo por aquel pueblo. Ella allí se sentía distinta, ¿por qué todas aquellas personas sonreían constantemente? De todo aquel que te cruzabas por la calle recibías una sonrisa acompañado de un saludo. Dicen que la chica, al principio se quedaba pensando.. ehhhh, estoooo, de que conoceré a este? Y a este otro? (Ufff.. como son las noches de marcha, debería beber menos pensaba ella…)

El caso, es que esta chica empezó poco a poco a devolver el saludo tímidamente, hola.. mmmnn… buenos días, hasta que un día tras otro, ¡era un no parar! ¡Buenos días! Buenos días contestaba, ¡hola buenos días! Ella cada vez se sentía más y más feliz, pasear por la calle era su deporte favorito, pero aún así le quedaba por descubrir de donde venía esa magia que aquellos habitantes tenían en su mirada. Así que un día, aprovechando uno de esos tan frecuentes saludos, se decidió a preguntar. Hola buenos días! Buenos días contestó él. Buen hombre, dijo ella, quisiera preguntarle cual es vuestro secreto para el buen humor, cómo es que todos compartís radiantes, sonrisas y saludos, e intercambiáis felices miradas. Ese buen hombre la miró, y sonrió con una graaaaaaaaan sonrisa. Eso lo tendrás que descubrir por ti misma, le dijo. Tendrás que acercarte el miércoles noche, a eso de las 9 de la noche, a la casa “Cientacuentos Cuentapies”. Es fácil de encontrar, y si no, sigue a cualquiera que veas por la calle porque allí vamos todos.

Ella impaciente, esperó a que llegara el miércoles. Y cuando se presentó aquel día, nerviosa, ansiosa, desde bien temprano se puso a dar vueltas por el pueblo a ver si encontraba la casa. Pero no tenía suerte, así que al medio día decidió empezar a seguir a los de allí, para ver si alguno se iba con tiempo para eso de pillar sitio y un asiento. Así que primero siguió uno al supermercado, luego otro a su trabajo, otro que si jugar al tenis, a otro a recoger a los niños del colegio, y así estuvo siguiendo a unos y a otros hasta que dieron eso de las 8:30, 9 de la noche. De repente fue un goteo constante de personas caminando hacia la misma dirección, todos con una amplia sonrisa, sí, muuucho más amplia que cualquier otro día. Así que ella se puso como en la fila de ese goteo y puso rumbo a la casa. Una vez allí, ella juraría que había pasado antes por allí. Quizás era un sitio de esos que tan solo se conoce por el boca a boca. Una vez dentro, el sitio era pequeño, pero agradable, de esos que transmiten buen rollo, y todos poco a poco se iban sentando por el suelo. Allí había tres chicas, las llamaban las sabias del pueblo. De repente la luz se apagó y encendieron velas, envolviendo a la casa de una magia especial. Y allí las tres se fueron sucediendo, subía una y baja otra, y así durante no sé cuanto tiempo, de esos “tiempos” que pasan tan rápido que cuando termina dices... yaaaaaaa???? Dicen, que esas chicas contaban cuentos de princesas y ranas, de sabios y castillos, gigantes y duendecillos. Y allí todos escuchaban atentos, compartiendo risas y sonrisas, y poco a poco te sumergías en el mundo de los sueños y la fantasía. Dicen que aquellas sonrisas permanecían durante toooooooooda la semana, y que ese era el gran secreto del pueblo. Porque compartir sueños, ilusiones y enseñanzas hace ese caminar de la vida más agradable. Dicen que la chica desde entonces no faltó ningún miércoles a su cita y la sonrisa, de esas de por dentro, le acompañó cada día desde entonces. Y colorín colorado…

4 comentarios:

Ara dijo...

Comentario de niña buena: ¡qué chuli el cuento! Y razón lleva, ¿eh? Yo salgo to feliz de los cuentacuentos, sobre todo cuando el día es especialmente bueno, como el miércoles pasado. Muy bonito :-)

Ara dijo...

Comentario de niña mala: Enlazarse a uno mismo, ¡qué gran invento para subir en Google! Ya sois el quinto enlace al buscar "Cientacuentos cuentapiés", pero después de este autoenlazamiento, fijo, fijo, que en un par de semanas estáis las primins :-)

Dorita dijo...

Niña mala, no creo que tenga mucho mérito tener un quinto puesto de ocho enlaces que aparecen en total, pero bueno, nos conformamos. Ya me he aprendido el truco.

Niña buena, que sepas que a nosotroas también nos encanta poder compartilo contigo. Sobre todo eso.

Milagros Sánchez dijo...

Un cuento precioso con una sabia moraleja: compartir sueños, ilusiones y enseñanzas nos hace más humanos, más felices y por supuesto con más ilusión.
Besos multicolores de nuestra parte.